La Gran Vía tiene esa peculiaridad de longitud en la que es propicia para que toda clase de personas se pongan en medio para ofrecerte algo, informarte de una nueva promoción, pedirte ayuda para que apadrines un caniche o para que le compres lotería. Y claro, al final lo que se suponen que son 1,5 kilómetros, se convierte en la travesía del desierto.
Yo soy de las que piensa que si quieres algo, si quieres manifestarte y llegar a la gente, debes salir a la calle y hacerte notar, pero, sintiéndolo mucho, todos a la vez no, por favor.
El otro día, como tantos otros, entré en la Gran Vía y dije:”Hoy no me entretiene ni Txus”. Ay amiga! Qué ingenua eres! Los primeros en pararme fueron unos nigerianos que querían darme explicaciones sobre otro nigeriano enooooorme que realizaba rituales para librarte del mal de ojo. Muy educadamente les dije: “no, no me interesa, gracias” y aceleré el paso, pero esta gente, tiene la habilidad de interponerse en tu camino cuando ven que quieres escurrir el bulto y esto empieza a parecerse al Mario Bros:
- Vendedor de lotería: esquivo por la izquierda
- Vendedor de bolsos: esquivo por la derecha, salto correa de perro
- Vendedor de panfletos (sí, de panfletos): rodeo a la marquesina del autobús, me subo a la acera
- Mujer con propaganda: esquivo por la izquierda, bonus por no tropezar con lo pobre peruanos que venden bolsos y cedeses, levanto el paraguas, pierdo una vida porque una señora me ha clavado la varilla en el cogote
- Testigos de Jehová: acelero el paso: “no les mires a los ojos, no les mires a los ojos…¡mierda, demasiado tarde”, me persiguen, me persiguen, semáforo en rojo, joder, joder, ponte en verde maldito!, echo a correr y el condenado se lía a correr! Me quiere hablar de su religión o atracarme?, el semáforo se pone en verde…salvada.
Llego exhausta al otro lado de la acera y con dos kilos de menos. ¿Quién necesita un gimnasio?