Iba yo el otro día por el metro de Bilbao, observando el paisaje subterráneo y con la cara pegada a la ventanilla en un intento de no respirar los viruses del resto de cerdos que tosían o bostezaban o estornudaban sin ponerse la mano en la cabeza. Y yo diciendo: “Por dios, que llegue ya mi parada. Qué asco, qué ascoooooo…..encima huele fatal” ¿Qué haces en esos momentos? ¿Te levantas descaradamente y te vas a otro asiento? ¿Le das un pescozón para que se comporte de forma civilizada?.

Por fin, la vocecilla de la mujer orgásmica que anuncia las paradas dijo: Indautxu. Y cual resorte, salté del asiento, pero para mi sorpresa el gorrino empedernido, raudo y veloz, se levantó antes y se dirigió a la puerta (mierda, mierda) y yo detrás. En la parada hay dos salidas y como si la ley de Murphy hubiese decidido joderme el día, salió por Dr. Areilza. Genial. Subimos las escaleras,: él delante y yo detrás. Tose. Me muevo a la derecha en un intento de no quedar en la trayectoria de los viruses. Tose otra vez y ahora con la intención de librarse de algún proyectil que tenía tascado en la garganta. me muevo a la derecha. Estornuda. Joder, me voy a la otra cancela. Ahora toca escaleras automáticas y él delante. ¡Joder! ¡Me está vacilando! Vuelve a estornudar. ¿A dónde voy ya subida en las escaleras mecánicas? Opto por poner cara de asco y taparme la boca y hacer pequeños movimientos en aras, de nuevo, de calcular a dónde habrán caído los bichitos y esquivarlos.  Por fin salimos de la estación y le miro con cara de asesina y apunto estuve de darle el beso de la muerte, pero sería una estupidez por mi parte porque el objetivo era librarme del contagio no provocarlo.

Pues bien, asqueroso, si estás leyendo esto, que sepas que he estad varios días chunga…como te vuelva a ver espero que estés vacunado.

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